Los susurros de la noche

Tocándose a distancia

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En el centro absoluto de un viejo bosque en decadencia, entre las víctimas grises de una sequía terca y prolongada, se encuentra un árbol solitario resistiéndose a la muerte. Sus raíces descubiertas atraviesan el cauce vacío de un río que ya no existe, buscando desesperadamente agua donde solo fluye el polvo. Ya no quedan animales en este paisaje abandonado. Obligados por la necesidad, a riesgo de perder la partida contra la selección natural, han emigrado o fallecido en el intento de alcanzar nuevos verdores.
El árbol está solo, bajo el universo entero, y ante la ventisca fría de una noche estrellada, su tronco finalmente cede, precipitándose hacia el suelo.
Sin humanos o animales capaces de escuchar su caída, ¿podemos decir que emitió algún sonido nuestro amigo, al caer entre los suyos?

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En un futuro espero no demasiado distante, cuando un interferómetro espacial escuche con mayor alcance y precisión los remanentes del pasado más remoto, presumo que podremos dar por respondida la pregunta filosófica que nos lanzó en esta odisea: cuando eres capaz de registrar el “sonido” del universo naciendo, y con él la totalidad de lo que ha existido o existirá, te das cuenta de que el árbol no estaba tan solo después de todo.

Todos existimos y vibramos juntos en el espaciotiempo.

Leer artículo completo, de CARLOS JULIO PINO, en: Los susurros de la noche

 

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